Sunday, June 04, 2006

La paliza a Cecilio jugando black jack

En más de una oportunidad, Antares dio acuse de invitación a su casa de fin de semana. Y en un número no menor de ocasiones, siempre hubo un examen, un cierre de edición, un resfrío o una muela pasando un mal momento, un compromiso familiar o (cuando la imaginación ya no dejaba a mucho) un simple recordatorio de la fobia a los espacios abiertos y a la actividad deportiva, que obligaban a posponer la visita. Este domingo, Cecilio regresaba a Nottingham. Y como ya contaba con planes para el sábado por la noche, la última ocasión de verlo antes de su partida era el mismo sábado a primera hora de la mañana, rumbo a la casa de fin de semana de Antares. Nada muy motivador si a las cuatro de la madrugada del mismo sábado conducías sólo, de regreso a casa, bajo la lluvia, mientras en la radio sonaba una canción de The magic numbers.

Lo cierto es que a pesar del clima, el plan se llevó a cabo. Y ahí estábamos, Cecilio, Antares, la hermana de Cecilio y su novio compañero de curso y amigo de Cecilio y Antares, y ya cerca de los postres, el matrimonio Botas y Yimi Stroesner.

Luego de que una mesa de ping pong en un garage las hiciera de más que digno sustituto ante una pista de paddle inundada (y en la que el cuñado de Cecilio supo humillar a quien fuere su contrincante -novia incluida), tras degustar una tira bien seca y condimentada con sal gruesa (que no sólo hizo pasar vergüenza a la supuestamente más sofisticada entraña, sino que sirvió para recordar que, por algún motivo, no hay mejor asado que el de obra en construcción), alguien propuso ver un DVD. Sólo que el único disponible era el de un film argentino titulado Como pasan las horas, ganado por el anfitrión en un concurso de televisión por cable.

Dada la persistencia de la lluvia, hubo consenso en jugar a las cartas. Black Jack con reglas especiales, a raíz de que contábamos sólo con un mazo de naipes de póker. Que juntamos con dos de españoles, aceptando los diez como figura y los uno como as. La entrada se pautó en dos pesos. Apuesta máxima de uno, con oportunidad de doblar en caso de sacar as o figura en primera ronda, o un mismo número en la primera mano del crupier (que ante el black jack pagaría a uno punto cinco, redondeando hacia arriba en caso de fracción). A manera de fichas, usamos unos cantos rodados que encontramos en la entrada de la casa de enfrente. Cada una valdría diez centavos. La banca contaba con unas semillas cada una de un peso, que acumulada la ganancia el jugador podría cambiar por diez piedras.

El crupier sería rotativo. Un turno por jugador, con la opción de extenderlo a dos. La mesa estaba compuesta por los mencionados, salvo el matrimonio Stroesner, que eligió participar en conjunto. Y que por alguna razón fueron los primeros en solicitar crédito a la banca, como preludio a un juego en el que si no perdieron los pantalones fue porque estábamos entre amigos. El cuñado de Cecilio iba arriba de todos, con dos semillas y unas cuantas piedras. Llegó a ser lo suficientemente solvente como para hacerlas de prestamista de su novia. Pero su estrategia de bajar considerablemente la apuesta en el turno siguiente a una buena mano, no resultó demasiado efectiva en términos estadísticos. O al menos al corto plazo, a pesar del no muy asombroso desempeño de su novia, ésta finalizó con ganancias y él tan sólo "hecho" (incluso con el saldo a favor de los préstamos).

Antares, una vez más, puso en práctica sus operaciones en apariencia guiadas por la falta absoluta de lógica, pero que en el trasfondo cuentan con un patrón no demasiado coherente, pero un patrón al fin. Al él le debo mi carcajada del día. Aprovechando un buen balance, fui por la apuesta máxima. Al salir una figura dupliqué con naipe cerrado. Era el turno de Antares como crupier. Diecinueve. Bien jugado. Pero al descubrir mi naipe, black jack. Debí convertirme en prestamista de alguien tan poco solvente como él. Que sin embargo luego de un par de manos pudo cancelar deudas (y ahora no recuerdo si terminó en cero o debiendo a la banca la mitad de su entrada). No como Cecilio, deudor de la banca y luego mío y más tarde de nuevo de la banca: mientras mis apuestas con su cuñado como crupier transcurrido el tiempo se reducían al mínimo, dada la imposibilidad de ganarle, con saldo a favor llegado el turno de Cecilio subían y subían en parte para darle una mano, como su acreedor, en caso de perder. Cosa que, por supuesto, no sucedió. De hecho, gracias a Cecilio (y más que nada al aventón que me dio de regreso Antares), con las ganancias estuve por volver a casa en taxi. Sólo que conseguir uno, en la lluvia, era aún menos probable a que Cecilio ganase una mano.

5 Comments:

At 12:43 PM, Blogger Akumu_no_yume said...

en mi familia no se permite el juego....geneticamente somos adictos....

jajajaja....eso dice mi abuela...

quizas si veo una ruleta, me convierto en algo...que se yo...
tipo hombre lobo...hombre loco u hombre bobo....

claro que de distinto genero.

saludos
ex ex miau

 
At 8:29 PM, Blogger DrNitro said...

El pensamiento matemático-físico no mejora las chances en un juego de azar...

 
At 10:40 AM, Blogger Mundo del Cinismo said...

Doctor, no se trata de deslizar hipótesis y menos de discutirlas. Lo que importa es que Cecilio pasó veguenza. Punto.

 
At 8:02 AM, Anonymous Anonymous said...

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